Tomadura de pelo

October 15th, 2008

Me atreveré a sostener que, si al encargado de pensar en estas arduas cuestiones allá arriba, seguramente gratificado por tan fatigoso trabajo con algo más que la mayoría de los mortales por los suyos, le pareciera que, en un plazo conveniente, recauda más con los impuestos que se gravan sobre el tabaco que lo que éste haya hecho gastar a la Sanidad pública por los enfermos que genera, las campañas contra ese producto no sólo dejarían de existir, sino que fumar se convertiría en bueno.

Entonces, tras inventar alguna forma de crear su necesidad bien sujeta a un lucrativo sistema fiscal, pronto comenzarían a proliferar accesorios obligatorios; todos, por supuesto, con el objetivo de maximizar el beneficio para las arcas administrativas mediante el método de reducir al mínimo el número de aquejados y de cobrar los cánones gravados a fabricación, ventas y uso: primero, una boquilla para atenuar el impacto sobre la salud del fumador; luego, una máscara antigás para ponerse el acompañante; después, una campana de cristal con extractor para que el aficionado al vicio no molestase… Tales cachivaches irían, sin duda, convirtiéndose gradualmente en obligatorios, bajo pena de fuertes multas fijas, iguales para ricos que para pobres, prohibitivas para éstos pero asequibles para los primeros de forma que su caudal pudiera permitirles abonarse a ellas, convirtiéndolas en un simple impuesto para poder infringir. A los demás sólo nos quedaría el consuelo de verles transgrediendo y poder ejercer nuestro legítimo derecho de sospecha sobre si quien decreta el uso forzoso de todo ese aparato, antes ha tenido tiempo de ir planteándose una estrategia para meter el cazo en las industrias que lo producen.

¿Ciencia - ficción? ¿Una estupidez? Podría ser, pero lo triste es que ocurre. Sólo que con las campañas contra los accidentes de tráfico. Por mucho que subieran el petróleo y las muertes, no he visto todavía una cuyo mensaje final sea, con la misma contundencia que para el tabaco: “No use usted vehículo particular, sino estrictamente los públicos”, “utilícelo sólo en caso de suma necesidad, no para divertirse”; o, al extremo, “ni se suicide, ni mate: no aprenda usted siquiera a conducir”. Ahí se atacaría el meollo: reducir el supuesto gasto energético, la contaminación y los accidentes.

¿Es, acaso, mucho más agresivo y molesto el tabaco, con sus muertos y la contaminación que produce, que el tráfico? Parece considerarse que sí, pesar de que, entre los accidentes de tráfico y las enfermedades generadas por su ruido en las ciudades, por la contaminación que produce el motor de explosión y las condiciones que necesitan estos vehículos para circular (carreteras asfaltadas, por ejemplo) muere seguramente mucha más gente que por fumar. Y algunos de estos temas todavía demasiado poco estudiados, por cierto. Por algo será.

Pero la realidad es otra. Es de cruda como que la ganancia supera aquí a las pérdidas. Se asfaltará el globo entero si es preciso (tantos millones de miriámetros cuadrados de tierra que tenían que estar ocupados por vegetación, cubiertos de esa capa impermeable y negra, no pueden ser precisamente buenos para el cambio climático); se van añadiendo impuestos a combustible, vehículo y dependientes; y, a los usuarios, artilugios cuya escala gradual creciente en inutilidad práctica, visible por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario, hace recelar de si se imponen realmente por lo que se pretende: primero, el casco; segundo, el cinturón de seguridad; a continuación, luz en las motos, que, por cierto, suele deslumbrar incluso de día, lo cual no sancionan; luego, la I. T. V., cuando ya existen fuerzas de seguridad entre cuyas misiones está inmovilizar y penalizar a quienes circulen en condiciones de uso inadecuadas; después, unos triangulitos y unos chalecos ridículos que convierten a muchos conductores en asesinos en potencia al acostumbrarlos a que un peatón en carretera deba ir uniformado para obviarse a la vista; posteriormente, unos silloncitos infantiles cuyo comentario como dislate sobrepasaría a esta carta; se prohíbe a los niños ir en moto con los adultos (¡si es al colegio, no!); en fin, ya el colmo, al publicar la administración ese desaforado sistema de radares, digno de Orwell, demostrándonos el Gran Hermano cuán benigno es, como si donde no nos vigilan ya pudiéramos infringir los límites a nuestro antojo, y como si no hubiera prensa que se encargara de señalarnos tales aparatos…

Luego llegó el carnet por puntos; que, además de motivo para que miles de conductores (muchos más de los que la Administración registra, sin duda) acaben utilizando sus vehículos sin permiso, a quien perjudica finalmente es al trabajador del volante, presionado por sus patrones incluso bajo sanciones encubiertas, para que entregue la mercancía dentro de los plazos fijados (hay que decir que, hasta entonces, las multas por estos excesos las pagaban, por lo general, las empresas de transportes, ya que les salía más rentable incitar a que sus conductores infringieran siempre que se cumplieran los compromisos). Como si fuera tan difícil hoy tener controlados a quienes tienen que pagar las multas, penalizarles proporcionalmente a sus rentas y que les duela realmente a ellos…

Lo último que ha venido a corroborar estas teorías ha saltado estos días a los telediarios: la desaparición de la sanción por no llevar bombillas de repuesto en el vehículo. La disculpa es que ahora mismo, muchos automóviles vienen ya construidos de tal manera que sólo en el taller se puede sustituir esa pieza; por tanto, no tiene sentido disponer de ella en el coche. Pero digo yo: si era tan importante cambiar el piloto inmediatamente en cuanto se funde, ¿por qué se homologaron vehículos en lo que esto no se podía hacer? Pues no: se prefiere retirar la multa por no reponer la bombilla. Lo cual quiere decir que no era un hecho tan vital como para ser motivo de sanción. ¿O será porque, al colocar los nuevos tipos de luminarias no fácilmente reemplazables, se beneficia a alguien interesado?

Pero vaya usted a saber cuántas tomaduras de pelo más tendremos que aguantar sobre esto. Lo conveniente sigue siendo que las multas no representen más que un simple impuesto para infringir por parte de quien tenga capacidad para pagarlas, y para contratar a otros para que conduzcan por ellos. ¡Luego dirán que no les “mueve ningún afán recaudatorio”!

Sic Transit Gloria Mundi

October 10th, 2008

Entre quienes no nos dedicamos a la venta de libros, hoy se invocan mucho los premios literarios para poner en entredicho la calidad artística de las obras y autores agraciados con ellos. “¡Ay, aquellos antiguos laureados..! ¡Aquellos prosistas! ¡Aquellos poetas! ¡Ved esta obra! ¡O esta otra! Ambas obtuvieron el premio tal y el cual en los años de gracia de… ¡Y hay que ver qué ejemplo! ¡Qué calidad! ¡Ya nos gustaría esto ahora!”

Y esta delectación morosa en tiempos pretéritos suele tener razón y no, al mismo tiempo. Porque muy a menudo, demasiado, ocurre que los beneficiarios de estos galardones lo son sólo en virtud de que siguen alguna tendencia apreciada en el momento por las masas y los críticos cuya mirada no va más allá de lo comercial en el presente, tendencia que poco más tarde se queda obsoleta, cuando no ridícula. Es corriente que los premios se den por cumplir con estas modas, sin fijarse en la calidad artística del texto, en la que cuenta algo muy importante, que es su a menudo bajo dominio del idioma derivado del apresuramiento con que suele escribirse para acabarlo antes de que expire la tendencia en cuestión y venga otra nueva que la convertiría en rancia. Así, de estos escritos nada se salvará: ni su temática, ni siquiera su aportación al idioma. Pero no importa: para entonces, los bolsillos que se tenían que llenar ya se habrán llenado, y otra nueva producción vendrá a sustituir a la vieja.

Otras veces, los premios se conceden para vender productos que nadie en absoluto se molestaría en comprar si no fuera por la propaganda que les confiere el haber conquistado el lauro.

Para corroborar todo esto no necesitamos buscar concursos raros. Examinemos, sin ir más lejos, el premio de premios: el Nobel de Literatura. Se han concedido ya bastante más de cien. Pero ¿alguien con una cultura media alta recuerda, siquiera, los nombres de más de tres o cuatro de sus ganadores, como no sean de su propio país? La respuesta es: normalmente, no. ¿Es posible encontrar ediciones actuales de las obras de la mayoría de ellos, incluso en sus naciones de origen? Aquí, rotundamente no. Pero ¿es que, al llegar la época de su concesión, hay quien se acuerde de quién lo ganó el año anterior?

En realidad, hoy y ayer se puede dudar con fundadas razones de todas las distinciones intelectuales, aquéllas no derivadas de un hecho físicamente verificable como lo serían, por ejemplo, las deportivas. No sé a ustedes, pero a mí no me cabe en la cabeza que a Winston Churchill le hubieran dado el Nobel literario, en tanto que un terrorista declarado y una impostora que sí debería haber recabado una distinción en Literatura fantástica (por todo lo que inventó sobre su persona) hubieran recibido el de la Paz. Volviendo al arte de escribir, nos parece que en el pasado se hacía mejor; pero lo cierto es que, de ochenta años hacia atrás, las obras premiadas en su época que han llegado hasta nosotros son una exigua minoría. Simplemente por esto nos creemos que los antiguos escribían mejor: porque lo que verdaderamente carecía de mérito no ha sobrevivido.

Sin duda, otro tanto le espera a la mayoría de los autores bien considerados en los últimos ochenta años. ¡No digamos de los últimos veinte! Y otros serán descubiertos y rescatados de entre ellos.

Incluso los autores pretéritos que hoy han caído en la desvalorización y se nos muestran en los manuales como modelos de por qué el estudio de tal género literario en tal época es prescindible, tienen cierta calidad que les permite aparecer allí como ejemplos. Se me ocurre el caso de los poetas realistas. No hubo época en la historia de la Literatura española que tratase mejor a sus vates, siempre que cumplieran con ciertas convenciones. Tenemos nombres: Campoamor, Núñez de Arce, Manuel del Palacio, Manuel Reyna, Joaquín María Bartrina, Federico Balart, Emilio Ferrari, Gabriel y Galán, Vicente Medina, Wenceslao Querol, Teodoro Llorente… ¿Alguno les suena? En su época cosechaban premios, formaban parte de jurados para concederlos, arrastraban masas dando conferencias y recitales públicos, ganaban mucho dinero con sus poemas sin necesitarlo en su inmensa mayoría (pues casi todos eran burgueses bien instalados en la sociedad), mientras eruditos contemporáneos suyos (evidentemente, amigos), como Menéndez y Pelayo, se dedicaban a loar sus excelencias bárdicas en las publicaciones al uso.

En el ínterin, un señor casi desconocido llamado Gustavo Adolfo Bécquer sobrevivía con trabajillos de poca monta de los que le despedían cada vez que le pillaban haciendo versos. Su obra parecía tener aún menos futuro que él mismo: Campoamor le despreciaba, Núñez de Arce dijo de él que sólo escribía “suspirillos germánicos”, don Marcelino le manifestaba cierta aprensión, y el gran público lo ignoró hasta que, muchos años después de muerto, fue exhumado ya en el siglo XX por Juan Ramón Jiménez.

Excepto Bécquer, claro está, toda la sarta de nombres arriba citada, y aun algunos más, sobreviven poco más que citados en los manuales. No se les trata bien: se reconoce su retórica hueca e insincera, que la mayoría de sus poemas cantan repetitivamente unos valores obvios que estos autores tenían muy fácil cumplir (fácil es no robar si no tienes necesidad, fácil es no echarle nada en cara a Dios y amarle y darle gracias si la vida no te maltrata, fácil es no matar si nadie te ataca físicamente). Es una poesía o, mejor dicho, un verso didáctico de lo que no necesita didáctica por ser obvio. Ellos mismos eran elementos encaramados en la capa medio – alta de una sociedad que, estudiada desde hoy, nos parece harto injusta, lo cual apreciaban desde su cultura superior, pero sin hacer nunca nada por cambiarla porque estaban cómodamente instalados en ella. No les veríamos cantando el ansia por conseguir que un empleado de una fábrica de entonces (que trabajaba un mínimo de catorce horas) viviera igual de bien que un diplomático. En todo caso, ese empleado era un pobre hombre al que había que proteger paternalmente, contándole en verso que está muy mal robar y envidiar al diplomático en cuestión, que, si quería ser como el diplomático, lo hubiera sido él también. Por lo menos, el poeta romántico se evadía de esa realidad y cantaba lo extraordinario, lo misterioso, lo que nos atrae la atención para ver cómo acaba. Pero el realista, ni eso.

Sin embargo, cada uno de estos autores habitualmente citados todavía guarda algún mérito por el cual merece salir recordado en los libros de estudio. Por eso, ellos mismos son malos ejemplos para mostrar lo “hueco e insincero” de la abundante generalidad poética de su tiempo. En muchas de sus piezas puede descubrirse alguna cualidad que les permite ser leídas con gusto. Campoamor, por ejemplo, presenta dos rasgos que redimen gran parte de su poesía e incluso hacen amena su lectura: originalidad e ingenio. Cuando se salva del ripio y de la vacía palabra de relleno para hacer cuadrar el verso con una idea que considera importante, su utilización de la técnica, de la que es un gran dominador, es lo que puede llegar a admirarnos. De ahí no pasa: su hallazgo en ella no es memorable, a pesar de lo sonadas que fueron en su época sus “doloras” y “humoradas”, que no dejan de ser cambiarle el nombre a formas narrativas en verso que ya existían.

Ahora, y para que el lector juzgue por sí mismo y vea la dura realidad, lo que es no sobrevivir de verdad, me gustaría recuperar aquí a un poeta de ésos que ni siquiera salen en los manuales. Pertenece, como los anteriormente citados, a la época realista. Pero no espere encontrarlo en los libros nuestro lector corriente; este autor no aparece en las antologías ni en las enciclopedias; es verdaderamente como si no hubiera existido o como si se lo hubiese tragado la tierra: en realidad, creo que ya sólo en la Biblioteca Nacional de Madrid se podrán encontrar hoy ejemplos de sus obras y el recuerdo de su nombre en ellas. O en detalles que recuerdan su rastro por el mundo, como el hecho de que dé nombre a una calle de Málaga. Me pregunto cuántos de los que hoy en ella viven sabrán quién era él.

Se llamaba José Devolx y García. En su momento fue laureado con la medalla de oro por la Real Academia Española. Ganó multitud de premios, entre ellos en certámenes de Málaga, Valls, Cádiz, Linares, y en esta última ciudad también los primeros Juegos Florales, cuyo Jurado en Madrid lo constituían los Excmos. Sres. D. Manuel Cañete, Censor de la RAE y los catedráticos de Literatura de la Universidad Central D. Adolfo Camús y D. Antonio Sánchez Moguer; fue premiado por S. M. la Reina Regente en un Certamen del Congreso Católico Nacional celebrado en Burgos, ganó otro Certamen de poesía de este mismo Ayuntamiento en 1880 y otro que Alfonso XII convocó con la Sociedad Geográfica de Madrid; compuso poemas de circunstancias militares, religiosas y civiles; y, en fin, que se nos haría prolijo seguir hablando de sus méritos. Pero nadie mejor que la propia Real Academia para describir uno de sus libros de poemas en un comunicado de época a la Dirección General de Instrucción Pública:

“Tesoro de poesía y de verdadera poesía puede llamarse al libro del Sr. Devolx, en cuyas trescientas páginas apenas hay una que no esté consagrada a celebrar la gloria de altas empresas o enaltecer las virtudes y el valor de mártires insignes o de esforzados capitanes, cuando no a cantar con estro vigoroso y tierno a la vez las excelencias y encantos de todo lo que hace amable nuestra vida: la patria, la mujer, la belleza, el amor, la justicia y el trabajo. Los nobres de Calderón de la Barca, Santa Teresa, Elcano, Fernando de Herrera, San Juan de la Cruz y D. Álvaro de Bazán sirven de epígrafe a composiciones de cuyo mérito da cabal idea la circunstancia de haber sido premiadas en públicos certámenes y por jueces nada sospechosos, pues entre ellos figuran las Academias Española y Sevillana de Buenas Letras, la Sociedad Geográfica y gran número de Ayuntamientos, Ateneos y Congresos Católicos, figurando en estos premios el de S. M. la Reina Regente, en Burgos, el de Su Alteza la Infanta doña Isabel, en Linares, y el del Sr. Obispo de Málaga, siendo, por tanto, innumerables las Medallas, rosa de oro y obras de arte más o menos artísticas, que el poeta ostenta en su colección. No goza, sin embargo, el Sr. Devolx del aura popular, debido a la misma índole de sus poesías, en que predominan, como es natural, los elementos clásico y religioso; y esta es, a mi juicio, otra razón para que el Gobierno trate de divulgarlas por medio de la lectura, seguro de que la juventud que frecuenta las Bibliotecas públicas ha de hallar en ellas útil enseñanza al par que sabroso entretenimiento. Creo, pues, que, adquiriendo con destino a dichas Bibliotecas un buen número de ejemplares de ODAS Y LEYENDAS, habrá dispensado el autor la protección que merece haciendo de paso un servicio a las letras españolas”.

De José Devolx y García, presento el poema con que fue premiado con la rosa de oro en los Juegos Florales con que el ayuntamiento de Madrid celebró en 1878 el enlace de S. M. D. Alfonso XII con S. A. R. Dña. María de las Mercedes de Orleáns. Constituyeron el Jurado los Sres. Marqués de Valmar, D. Manuel Cañete, D. Antonio Arnao, D. Gaspar Núñez de Arce, D. Cayetano Rosell, D. Pedro de Madrazo y D. Víctor Balaguer:

El Amor

Perdón, numen de Horeb, Musa cristiana,
que al arpa de David diste armonía,
inspiración a Dante sobrehumana,
y a Calderón sagrada poesía;
En su entusiasmo anhela el pensamiento
arrebatado alzarse a la serena
región que purifica con su aliento
el Amor que los orbes encadena;
Amor, que tierra, y mar, y firmamento,
Tiempo y eternidad, todo lo llena,
perdona, pues, si a tus altares llego
a templar la anhelante fantasía
en el sagrado ambiente de tu fuego.
¿Qué es el amor? La humanidad entera
con éxtasis de júbilo responde;
la máquina del cielo en su carrera
detiénese; el querube estremecido
en sus alas de azul la faz esconde,
y resonar se escucha por doquiera
férvido, grato, universal latido.
Todo a rígidas leyes se sujeta:
la marcha de la luz, sus reflexiones,
el satélite, el rápido cometa
que cruza las regiones
del espacio sin límites ni valla,
la flor, sus aromadas radiaciones,
inercia y movimiento, muerte y vida,
todo el ritmo inmutable
sigue en número, en peso y en medida.
Pero de igual manera
que más brillo y más vuelo
dio a varios astros en el ancho cielo
del Excelso la mano bienhechora,
perfumes a la dulce primavera
con su cetro de flores,
al clavel su inflamada cabellera
y su corona altiva al amaranto,
por laúd a los bosques la canora
lengua de enamorados ruiseñores,
y al águila caudal, por elemento
donde su regia vista se dilata,
la insondable extensión del firmamento.
que forja el rayo que deslumbra y mata;
así al hombre, problema
de los siglos, ornó con la diadema
de la razón augusta que retrata
la dignidad suprema,
y el imperio con él partió del mundo.
En fe de tan augusto señorío
le dio la libertad del albedrío:
mas ¡ay! que el don fecundo
fue luego al par en bienes y en malicia;
porque olvidando el hombre su realiza,
regocijó los astros del Profundo,
y la copa vertió de la injusticia.
La libertad, que esclava
de las leyes nació del pensamiento,
tiránica se hierge [sic] en un momento;
y con soberbia que el abismo alaba
Y que inspira el abismo,
de la razón que su delirio enfrena
contra el imperio se revuelve airada,
¡y se ciñe la frente condenada
con su propia cadena!
Pensó su mente y concibió maldades,
abrió su labio, y profirió mentira;
y en vértigo infernal de iniquidades
lanzó rugiendo el corazón su ira.
Brotó el perjurio del malvado seno,
y al honor, a la paz, a la ventura,
de la calumnia el matador veneno
abrió vil sepultura,
y cobijó la ingratitud mezquina
la cauta sierpe de adulterio inmundo,
del casto hogar escándalo y ruina,
¡vergüenza del amor, lepra del mundo!
En el agrio camino
de tanto mal, contempla horrorizado
el hombre al pie de bárbaro asesino
la víctima inocente del malvado;
y al vapor de la sangre, del crüento
Charco nacer, como rojiza luna
al extremo de fétida laguna
barrida por el viento,
o como de reptiles la podrida
turba del cuerpo que quedó sin vida,
de su ignominia bajo el férreo yugo
la torva frente del feroz verdugo.
Pero traspasa Dios las eternales
puertas, y el Unigénito, preclara
víctima sacrosanta expiatoria,
redime de sus males
al humano, del Gólgota en el ara;
y ante ese amor, espanto de la gloria,
suenan sin fin los cantos celestiales,
la excelsa beatitud su curso para,
eternízase el bien y su victoria.
¡Humanidad, alienta!
Orlado de virtudes tu linaje
al buril de los siglos se presenta,
deshecho como oprobio de la historia
de aquella esclavitud el vil ropaje,
del fulgor increado que rodea
la Cruz del Salvador que amores mana,
surge la grande idea
que al mísero ante Dios y al Rey hermana;
y tanto amor ondea
de la Cruz en las puras radiaciones,
que el Amor infinito se recrea
mirando en él la paz de las naciones.
¡Oh dulce ley de amores veneranda!
De ella el bien de los pueblos se origina;
por ella hundieron su cerviz nefanda
los dioses de Nerón y de Agripina.
El Tabor, hecho solio
de la Suprema lumbre,
sus rayos fulminó: del Capitolio
de Dioses la espantada muchedumbre,
rompiendo los impuros pedestales,
abismose, y la torpe servidumbre
de arúspices, lupercos y marciales.
Del Evangelio infunden las doctrinas
espíritu de amor en las legiones
que pueblan de Tebaida las ruinas,
y en místico concierto
a las Siete Colinas
llevan las no escuchadas vibraciones
de las altas virtudes del Desierto.
En el furor que el ciego paganismo
cuyo falaz imperio se derrumba,
opone al cristianismo,
cada voz de creyente
abre bajo sus plantas una tumba.
Al cabo en los efluvios de inocente
sangre la humanidad se regenera,
y ve surgir en majestad severa
del África, de Europa, del Oriente,
la figura imponente,
orlada en limpidísimos fulgores,
de los santos Doctores,
cuyas lenguas sublimes e inspiradas
entonan las paráfrasis sagradas
del Amor que da vida a los amores.
Y la Iglesia, que guarda en su sagrario
la inextinguible llama
que brotó en el Calvario,
a sus hijos inflama
y su abnegado aliento les inspira.
Sublime Religión de penitencia,
corona el sufrimiento;
alivia en su quebranto al que suspira,
y devuelve la paz a la conciencia.
Por el fecundo Amor, que maravillas
de ardiente caridad próvido crea,
hollando en calma los revueltos mares,
a remotas orillas
llevan de Cristo la sublime idea,
y la ciencia y la vida en sus altares,
ínclitos herederos
de la fe de los mártires primeros.
Por ella la mujer con su ternura,
pasmo de las angélicas milicias,
en querubín de amor se transfigura:
y con santas caricias,
allí donde restalla el bronce herido
y sólo el rayo destructor serpea,
cual venida del cielo,
al más leve gemido
y al más hondo dolor presta consuelo.
¡Oh, santa caridad! Por ti la gloria
se agigantó de aquellos campeones,
de quienes sólo resta la memoria
escrita en los parduzcos murallones
de algún claustro abacial, mísera ofrenda
a tan insignes hechos,
ya tal vez desgastada la leyenda.
Nobleza, majestad y bizarría
exaltaron sus pechos;
sin descanso en la noche ni en el día,
de la virtud burlada y la inocencia
fueron amparadores
contra inicua violencia
del opresor y su cobarde insulto,
y dieron mejor temple a los aceros
de aquellos invencibles caballeros
Dios y patria, y la dama de su culto.
¡Amor! ¡Sagrado Amor! De tus torrentes
¿quién calcular el número y la anchura
podrá, ni los espacios diferentes
que palpitar bajo tus huellas sientes
cuando te lanza Dios desde la altura?
La patria, el arte y la familia, templos
de tu espíritu son y de tu llama,
y falta para hablar de tus ejemplos
estro a los vates, lenguas a la fama.
Tú prestas de la tierra en que nacimos
al éter más fulgor, y sus serenas
noches embalsamadas percibimos
de más encantos misteriosos llenas.
Parece que sus flores más gentiles
son y de más aroma
y que la aurora, al levantarse, toma
tintas, luz y fragancia en sus pensiles
allí donde arrullaron nuestra cuna,
recuerda con sus trémulos albores
melancólica luna
la casta aparición de los amores
primeros, cuando el hombre casi niño
ignora, por su mal o su fortuna,
la imperiosa atracción de otro cariño.
Así cuando falanges invasoras,
grey servil de un tirano,
tumbas y altares de la patria huellan,
las fuerzas de tu amor arrolladoras
en todo corazón ¡oh, España! sellan
tu aliento soberano.
¡Ay entonces del bárbaro homicida
que alzó rugiendo la incendiaria tea,
que al viejo inerme despojó de vida
taló tus campos y burló tus leyes!
De tus hijos la turba gigantea,
como tropel flamígero de Reyes,
pronto hará, en su furor, del extranjero
lo que irritada tromba en su camino,
lo que el alud que arranca el torbellino
y lo arroja al voraz despeñadero.
También del arte a la gloriosa cima
contigo a celebrar sus esponsales
el genio, Amor sagrado, se sublima.
El Norte sus etéreas Catedrales
con tus rayos anima;
el Egipto sus tiendas sepulcrales;
dan vida al Parthenón griegos cinceles,
y en el Oriente en rocas sin medida
abre a sus dioses colosal guarida
una generación de Praxiteles.
Alzó el genio sus alas a tu cumbre,
de donde toda inspiración dimana,
y saturó su mente creadora
la inmaculada lumbre
de la primer mañana;
y del virgíneo encanto de su aurora
las líneas y contornos trasladando
a la estatua, y al libro, y a la escena,
fue de las artes la región serena
de estrellas salpicando.
Tu acento es el prodigio: del tirano
a cuyo aspecto enmudeció la tierra,
de los héroes sangrientos de la guerra
ideal soberano,
que a Persépolis, Tiro y Babilonia
entregó como establo a los corceles
de la falange invicta macedonia,
la cólera inflamada
se estrelló de un artista en la morada:
¡en la casa de Píndaro el poeta!
Pues al trabar allí lucha secreta
el rayo aquel de enconos y de muerte
con el otro de luz y maravillas,
¡ante el astro cayó, cual masa inerte,
aquel titán esclavo, de rodillas!
pero así cual su fúlgida diadema
el sol en los planetas reproduce,
y el pensamiento divinal traduce
de luminosos mundos el sistema,
así de los amores el tesoro
de la familia en el sublime coro
se nutre y agiganta,
y cual himno de arcángeles sonoro,
la mujer en su seno se levanta,
como de sacro incienso en blanda nube,
entre espirales de oro,
de los creyentes la plegaria sube.
¡La mujer y el amor! Al pensamiento
de tan bello poema
de ternura infinita, el alma siento
que trémula, turbada y anhelosa
con tal fascinación, cual mariposa
sacrificada al éxtasis se quema.
¡La mujer! En atmósfera radiante
descendiendo la ve la fantasía
por escabeles de ópalo y de grana,
al éter semejante
cuando el padre del día
desprende de sus brazos la mañana.
¿Escucháis?… De sus pasos la armonía
recuerda los conciertos estelares.
¿Detiénese?… Las olas
inmobles de los mares
copian mal su radiosa transparencia,
y no tiene el abril en sus corolas
el perfume y la luz que su presencia.
En su frente de oráculo inspirada
brilla la majestad de la inocencia
ceñida de fulgores siderales,
y brilla en su mirada
el bien con sus halagos eternales.
No mueve tan gallarda su cimera
escondida entre nubes la palmera,
ni tiene tan süave
eco la brisa en el jardín ameno,
ni es tan gracioso el cántico del ave,
como su acento de caricias lleno.
Cual tierna flor que el pudoroso seno
al beso halagador de la naciente
claridad entreabre con más vida,
de la mujer, como arpa estremecida
que el artista pulsó con mano ardiente,
a todo sentimiento delicado
responde el corazón enamorado
ofreciendo al errante peregrino,
cuya frente surcó la diestra impura
de bastarda pasión, otro camino
por el feliz vergel de su dulzura.
Dos miradas subiendo
a un punto luminoso de la altura;
dos átomos de luz en solo un rayo,
dos corolas sus ámbares fundiendo,
de dos almas gemelas un suspiro,
todo es obra de Amor; su cetro blando
va por doquier, en incesante giro,
felicidad y vida derramando.
Amor, tus rayos lanza,
y del éxtasis tuyo al ígneo beso,
reanímese la tierra en la esperanza
de la verdad, del bien y su progreso;
y de eterna ventura en dulce prenda,
dame con tu asistencia bendecida
que toda aspiración su vuelo encienda
en tu calor fecundo,
y flote en las corrientes de tu vida,
mi corazón, mi hogar, mi patria, el mundo.

El propio Alfonso XII en persona dio en mano más de un premio y felicitó al Sr. Devolx. Sin embargo, y a pesar de esta cercanía, en honor a la verdad, he de decir que la protección invocada en la demanda y auspicio de la RAE arriba copiada no se cumplió jamás. Y cabe preguntarse entonces para qué esos jurados “nada sospechosos” consideraron premiar al Sr. Devolx, y luego alabar su poesía para solicitar lo que nunca se llevó a cabo.

Cocas… Uy, qué miedo.

May 24th, 2008

Ahora que estamos en tiempos del Corpus Christi, voy a hablar de las Cocas.

Las Cocas que hoy aún dan algo que hablar son tres, de norte a sur y por orden creciente de salud: la de Betanzos, la de Redondela y la de Monzón, que es como llamamos en español al pueblo portugués de Monção.La Coca de Betanzos

La de Betanzos ya no se saca a pasear el día de Corpus, sino el 16 de agosto, fecha a la cual ha sido trasladada hace años. También se le llama “El Camello”, porque dicen que tiene jorobas como este animal. Es de Galicia, como la de Redondela. La última Coca citada es de Portugal. Pero las tres son la misma, disimulada bajo tradiciones legendarias aparentemente distintas, y uno se puede dar cuenta de ello si presencia sus cabalgatas y se fija en las respectivas apariencias físicas de esos seres.Coca de Redondela

Del pasado, se hallan documentadas Cocas también en Ourense, Santiago, Ribadavia, Tui, Baiona, A Coruña, Noia y Pontevedra. En Portugal, en Coimbra, Évora, Viseu, Porto, Braga y probablemente algún otro sitio más.

La Coca es un dragón. Puede ser un dragón hembra; o bien, puede que “coca” simplemente signifique, sin distinción de género, “dragón que se saca a pasear en la fiesta del Corpus” en antiguo gallego-portugués. En este caso, en castellano se diría “tarasca”, aunque ésta no tiene por qué ser especialmente un dragón, como nuestras tres Cocas, sino una sierpe monstruosa.

También es posible que “coca” sea el femenino de “coco”, sustantivo que designa de antiguo a cierto monstruo fantasmagórico en casi todas las lenguas de la península Ibérica, y que se usa desde tiempo inmemorial para asustar a los niños. Vista la distribución geográfica de las “cocas”, se hallaría esta explicación coherente con el origen etimológico lusista que la Real Academia de la Lengua Española atribuye a esta acepción de “coco”. De hecho, en el “Auto da Barca”, obra teatral del portugués Gil Vicente escrita en 1518, un niño confunde al diablo con el “coco”:

“Mãe e o coco está ali
queres vós estar quedo co’ele?
Demo: Passa passa tu per i.
Menino: E vós quereis dar em mi
Ó demo que o trouxe ele.”

No debemos confundir esta palabra con el otro “coco”, la nuez del fruto tropical, que se llamaría así para convertirla en masculino (por ser más grande y peluda) que el fruto de otra planta llamado “coca”, no la americana famosa cultivada en Colombia, sino otra que se conocía ya antes de descubierta América, que da fruto venenoso y es originaria de la India. Aquí, el vocablo provendría del griego “kokkos”, “fruto de cáscara dura” o “pepita”.
Además, puesto que el cocotero proviene de América, no puede ser que esta acepción de “coco” sea anterior al nombre de nuestro ogro, ya que éste se encuentra documentado en el castellano desde mucho antes de que se hubiera descubierto América. En 1445, Antón de Montoro escribe en su “Cancionero”:La Coca de Monzon

“… tanto me dieron de poco
que de puro miedo temo,
como los niños de cuna
que les dicen ¡cata el coco!…

Y también Cervantes lo cita en el epitafio de don Quijote:

“Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco”.

Más bien me inclino porque este “coco” y esta “coca” sean una abreviación que tenga su origen en el latín “crocodilus”, que ha dado nuestro castellano “cocodrilo”. Según se hacían los femeninos en latín, uno posible para esta palabra sería “crocotrix”, que daría el romance “cocotriz”, como “imperatrix” da “emperatriz”, o “Beatrix” “Beatriz”. Pues el término más antiguo para llamar a este dragón se encuentra en un documento de Orense, fechado en 1437. Explica qué símbolos deberían llevar los diferentes gremios para desfilar en la procesión del Corpus, y de los zapateros dice así: “Item, que ande logo a terçeira confraría depús la de San Migeel, a confraría de Santa Oufémea, que he dos çapateiros, con seus ofiçios et coquetriz, segundo que ha acostumado”. El gremio de zapateros, y a veces el de mareantes, solían ser los encargados de organizar la cabalgata de la Coca. El espectáculo consistía en la lucha de San Jorge o San Miguel con el dragón, y así sigue representándose en Monção.Coca de Redondela

La Coca debe de ser pariente cercana de la madre de Grendel, aquel famoso monstruo a quien el guerrero Beowulf derrota en el cantar anglosajón que lleva su nombre. O tal vez sea ella misma. Quién sabe. Lo único que puedo decir ahora es que observar de cerca la sonrisa de las Cocas, con ese aire entre naif y burlón con que nos mira el abigarrado muñeco, semejante a una obra de locos, parece despertar en mí como extraños y atávicos recuerdos que se amarran en mi subconsciente tras haber navegado por los océanos del tiempo desde las brumas medievales.

Transtorno bipolar.

May 15th, 2008

Hola de nuevo.

Por fin me encuentro aquí de nuevo, tras un paréntesis bastante más que mediano. Por razones ajenas a mi voluntad, he tenido dificultades para conectarme; pero confío en que podré dejar aquí mis impresiones más asiduamente que durante estas fechas pasadas.

Ya que me estoy dedicando a esto, hoy se me ha ocurrido pensar acerca de qué es en este momento el español (y la española, por supuesto, no se me vaya alguien a molestar) y la imagen que estamos dando al mundo. Desde luego, que ésta es “frikie” total.

Entre las películas de Almodóvar y él mismo -a quien, por supuesto, aplaudo y no le niego méritos ni mi simpatía hacia él-, entidades como Santiago Segura y sus productos, nuestro representante en Eurovisión y los elementos escogidos para discutir en los programas de la televisión, especialmente los que pululan en esos espacios para prefabricar gente conocida a la que llaman cantantes y otras abstracciones calenturientas todavía más enfermizas como el “Gran Hermano”, estamos exportando una imagen cóctel entre lo morboso, lo fatuo, lo palurdo y lo hilarante.

Claro que todavía hay producciones serias, pero lo son incluso demasiado, como algún filme por ahí suelto. Recordemos en este sentido a Amenábar con “Mar Adentro”, que ya es el extremo, por los componentes éticos que plantea y que, por cierto, deja al arbitrio de la opinión del espectador, como ocurre en esos programas de hechos misteriosos en los que se entremezcla la religión con los ovnis y la conspiración judeomasónica. O esas producciones descafeinadas y políticamente correctas al estilo de las de Icíar Bollaín y afines, aptas para ser bandera de los intelectualoides al uso. Ojo: en lo de correctas no digo “religiosamente”, ni “éticamente”, sino “políticamente”, que bien distinto es. Ni siquiera digo “justamente”, porque en España la justicia queda fuera del alcance de la política, ya que el judicial es un poder que no se puede decir que sea elegido y, aunque las leyes no emanen de él directamente, sí la interpretación de las mismas, que es donde está el “quid” de la cuestión.

Me da la sensación de que, lo que en realidad somos, es un país de gente bastante normalilla, e incluso anodina, a la que le gusta levantar polémicas y atreverse a empresas de cualquier categoría, sin reparar mismo en que sean vergonzosas o no, para que el mundo mire para nosotros por algo.

Hay cierto complejo en el fondo, de hecho. Por un lado, si damos tantas alas al “frikie” es porque se atreve a ser y a hacer lo que realmente la mayoría no somos ni hacemos. Si acaso, nos ponemos una crestita a lo gallito, un pendientito en el labio o un arito en la nariz para parecernos a él, pero no pasamos de ahí. Es un quiero pero no puedo. En realidad, lo que deseamos es que el Estado o nuestros padres nos resuelvan nuestros problemas, y no pasamos de ahí. Y lo segundo puede ser una cuestión familiar, o tal vez incluso genética; pero, en cuanto a lo primero, no sé por qué presumimos de democracia entonces, pues ése es un problema que sólo queda totalmente resuelto en las dictaduras. Y ésta es una lección que todavía nos queda por aprender. En resumen: que no somos verdaderamente independientes, aunque queramos aparentarlo.

Desafortunadamente, creo que el extranjero, al final, se quedará predominantemente con la imagen “frikie” más que con la seria. O tal vez acabemos dando la impresión de que somos un país enfermizo, con un transtorno bipolar muy acusado. Un país enfermo mental, en definitiva.

A ello contribuirá también la propia discusión pueblerina que aquí nos traemos entre nosotros, con esto de las autonomías, las lenguas, las “nacionalidades históricas” y, por supuesto, uno de sus efectos colaterales que es el terrorismo. Hay que tener en cuenta que España es un país también muy visitado turísticamente, y demasiada gente viene del extranjero hoy aquí para comprobar en directo lo que está pasando.

En este punto se me abre la contradicción. Tengo la impresión de que los productos provenientes de España a la vez gozan de bastante prestigio; especialmente en moda, alimentación, cierta industria pesada y naval, etc. Con lo cual me pregunto si esto no será cuestión de tradición, y no estaremos reventando la gallina de los huevos de oro, al exportar en conjunto una imagen tan poco seria o tan esquizofrénica.

Veremos qué nos depara aquí el futuro.

Poe, Bradbury y Lorenz.

April 21st, 2008

Probablemente algún lector reconozca las siguientes palabras:

“…Al agitar nuestras manos, por ejemplo, […] ocasionábamos una vibración en la atmósfera que la circundaba. Esta vibración se extendía infinitamente hasta dar impulso a cada partícula del aire terrestre, que desde allí en adelante, y para siempre, era puesta en acción por ese solo movimiento de la mano […] De tal modo que resultó fácil determinar en qué período preciso un impulso de un alcance dado podría dar la vuelta al orbe e influir para siempre cada átomo de la atmósfera viviente. […] Es, en efecto, demostrable que cada impulso semejante dado al aire debe al final influir sobre cada cosa individual que exista dentro del universo. […] Al hablar del aire me refería únicamente a la Tierra; pero la proposición general alude a los impulsos sobre el éter, que como penetra y penetra solo todo el espacio, es, por tanto, el gran medio de creación.”

Se trata de un fragmento que bien podría continuar así:

“Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía? […]
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?”

Para finalizar del siguiente modo:

“Si la teoría fuera correcta, el batir de alas de una gaviota podría cambiar el curso del tiempo para siempre. Una mariposa bate hoy un ala, lo cual produce un diminuto cambio en el estado de la atmósfera. Ésta, después de un cierto período de tiempo, acaba por comportarse de un modo divergente al que hubiera tenido sin esa leve agitación. De modo que, al cabo de un mes, un tornado que habría devastado la costa indonesia no se forma. O quizás, uno que no se iba a formar se forma…”

Los tres extractos pertenecen a diferentes obras y contextos. El primero ha sido traído de una narración breve titulada El poder de las palabras, salida de la pluma de un auténtico poeta, Edgar Allan Poe. El segundo corresponde a uno de los más famosos relatos de Ray Bradbury (el autor de Fahrenheit 451), publicado en 1952: El sonido del trueno. El tercero, en cambio, fue una reflexión expuesta mucho tiempo, más de cien años después del primero, por alguien sorprendentemente cercano en el espacio al gran escritor bostoniano. Edward Lorenz, meteorólogo del Instituto Tecnológico de Massachussets, quien falleció la semana pasada.

Este fue el “efecto mariposa” de una mano agitada en el aire por la mente de un brillante aunque algo siniestro escritor romántico bostoniano. El aire de ese manotazo agitó la mente de otro escritor cien años después, y éste la mente de un científico que se dedica a realizar complicados cálculos para desentrañar los misterios de un aspecto del funcionamiento de la naturaleza.

Aunque la suposición más extendida sea que la idea de una mariposa que cambia todo lo que sucede posteriormente tras su aparentemente inocente batir de alas procede del cuento de Bradbury, del que, por cierto, existe una curiosa adaptación al cine de 2005, a mí no me cabe la menor duda de que Lorenz, como buen oriundo de Massachussets, conocía muy bien la narración de su paisano Poe. Y que la tuvo en cuenta para inspirarse en él cuando, en 1961, expresó su idea, hoy tan popularizada y hasta vulgarizada por la literatura barata y el cine.

Un principio, como casi todo lo genial, cacareado hasta la vulgaridad, aunque ignorado en su momento. En 1963, Lorenz, uno de los primeros que confiaron en los ordenadores modernos para sus cálculos en gran escala, dio a conocer los resultados de su estudio en una revista científica de la Academia de Ciencias de Nueva York, publicación que prácticamente nadie leía entera. El artículo pasó casi desapercibido entonces. Pero sus conclusiones fueron corroboradas posteriormente por los físicos y los matemáticos, cuando el desarrollo de la cibernética convirtió a las máquinas en verdaderas aliadas fiables de estos científicos. Y sólo entonces fue reconocido, hasta el punto de ser hoy considerado como uno de los padres de la llamada teoría del caos.

El buen Lorenz, además de meteorólogo, era un matemático de primera. No ignoraba tampoco a Jacques Hadamard, de cuya teoría extrajo, sin duda, buenas ideas.

Edward Lorenz disfruta ahora de una eterna primavera rodeado de mariposas, que, al fin y al cabo, son flores voladoras. O tal vez de un verano en una playa desde la cual observa las gaviotas y ve acercarse, acercarse, una lejana y pintoresca tempestad tropical.

Algunas cosas que veo y me gustan.

April 18th, 2008

En fin, amigos, que, si no me he dejado caer más por aquí en estos últimos tiempos, es porque ando de lo más recortado de tiempo que os podáis imaginar. De vez en cuando vendré durante un instante, para dejar aquí constancia de unas pocas cosas que veo todos los días y que me gustan. Puesto que estar en Portugal no es normal para mí, tengo que aprovechar la ocasión y llevar conmigo de vez en cuando una cámara fotográfica. Así, con ésta en la mano, voy recogiendo algún que otro recuerdo de esas insignificancias que nadie fotografía porque no son la Catedral o una reliquia del Museo, pero que a mí me gustan. Es posible que, en cuanto me vaya de aquí, ya no me acuerde más de ellas o de la sensación que producían en mí; además, no son bienes culturales protegidos por las instituciones públicas y, por ello, son susceptibles de ser cambiados.Debajo, un paseo con árboles recién podados en Pevidem, pueblo por el que paso dos días a la semana cuando voy a dar clase a Sampedro.

Chikilicuatre.

April 1st, 2008

Por fin, después de muchos años, nos damos cuenta de lo que es Eurovisión, y enviamos a ese concurso a un sujeto digno del mismo. Porque no se merece otra cosa.

Parece mentira que, a estas alturas de la película, todavía exista quien no se quiera coscar de que el fenómeno pop es, mucho más que musical, de imagen. Poco importa el dominio de la voz y de la música, y mucho menos lo buena o mala que sea una canción, si quien la canta o parece cantarla tiene buena facha. Existe en él gran cantidad de gente que no canta peor que otra, e incluso muchas veces mejor, pero a la cual se ha estigmatizado y se le sigue considerando mala, por su mera apariencia física, y cuando no es así se le aplaude a uno porque está adherido a determinado cotarro. Así funciona, y nada más. Ni música, ni gaitas. Que toda esa tragicomedia de los triunfitos y otros monstruitos surgidos de la propaganda al uso de los medios, cada vez ya menos gente se la va creyendo.

Rodolfo Chikilicuatre con su horterada del Chikichiki es el engendro final que se merece un concurso en el cual, cuando se trata de que juzguen jurados o tribunales, se han generado guetos nacionales de enchufismo y amiguismo para votarse entre ellos; y cuando se trata de que evalúe el populacho, gana el que tiene una apariencia más guaperas, chistosa o fantasmona.

Personalmente, le había votado a “La Casa Azul“. Es un grupo que ya lleva en la brecha los suficientes años por su cuenta y riesgo -desde 1997- como para ofrecer ciertas garantías de que no lo hace mal. Su canción era, con mucho, la mejor para enviar a un festival no meramente humorístico. Al final quedó, con poca diferencia, de segunda en la encuesta, lo cual quiere decir que mucha gente todavía sigue viendo en el fenómeno pop lo que llegó a ser en los años 80.

Pero, bien mirado, es preferible que vaya Chikilicuatre. Es curioso, pero el participar precisamente en Eurovisión y no ganar, supone, hoy por hoy, la defenestración de cualquier grupo musical o solista, cosa que La Casa no se merece. En ese concurso, puesto que no vamos a ganar, no debemos arriesgar cantantes, sino enviar otro tipo de artistas, cuyo fracaso allí no suponga un golpe en su carrera. Los humoristas son una buena elección. Personalmente, espero que Chikilicuatre no nos decepcione y que, aunque no gane, esté allí al cien por cien y deje en evidencia lo que es el plató de Eurovisión: la pista de un circo. Y que nos riamos todos CON él DE todo ese paripé.

A la que, desde luego, no va a decepcionar, es a TVE. Los derechos de emisión del Chikichiki seguro que van a compensar el no ganar Eurovisión, y ésta es la mejor manera de ir salvando este ancestral concurso, de lograr que consiga superar sus momentos bajos.

Hola de nuevo.

March 29th, 2008

Bien, aquí estoy de nuevo, después de este paréntesis.

A pesar de haber pasado tan poco tiempo, han sucedido muchas cosas. En cuanto a mí, permanezco aquí, en Portugal, dando clase a la empresa Sampedro (en Santo Tirso, a unos treinta y cinco kilómetros de Braga), en el colegio de Sezim y en el Centro de Estudos de Espanhol.

Tengo guardados en la recámara muchos más artículos que espero ir escribiendo a lo largo y ancho de este cuaderno de bitácora. Que sean o no interesantes para los lectores, es lo de menos. El caso es que lo sean para mí, pues estoy seguro de que, tarde o temprano, siempre me servirán para algo.

Como hoy es sábado y estamos en fin de semana, me abstendré por el momento de escribir más. Ahora tengo mucho trabajo, ya que debo enviar mañana al colegio un examen y ejercicios con soluciones.

Así que, un saludo y hasta la semana que viene.

AVISO

March 3rd, 2008

Hola.

Esta noticia es para avisaros a todos de que es probable que en los próximos días no escriba nada.

Este servidor está siendo atacado masivamente por “spam” que lo satura. Sin duda, existe gente envidiosa, interesada en fastidiarnos.

Dedicaré las jornadas venideras a hacer copias de seguridad de todo lo que tengo aquí para que no se pierda.

Si queréis tener más noticias mías, podréis tenerlas a partir de mi web.

Un saludo a todos.

Día un poco loco.

February 29th, 2008

Hoy he tenido un día un poco loco.

Me he levantado a las ocho para venir a preparar las clases de hoy, de mañana y del sábado. Mi objetivo los jueves -pensé- es estar a las cuatro en la fábrica Sampedro, sita a treinta kilómetros, lo cual me rompe bastante la jornada y me obliga a trabajar en todo lo dicho antes de esa hora, pues hoy ya estaré de vuelta en Braga con los locales cerrados, y mañana no tendré tiempo para coger abierto el de la fotocopiadora.

Cuando ya llevaba un buen rato en el Centro de Estudos concentrado en la tarea, me percaté de que se me echaba el tiempo encima. Tengo un reloj ante mí, colgado en la pared, que me avisaba de unas dos en punto inexorablemente prestas a ser marcadas. Ni siquiera había comido. Me vi en la necesidad de apurar cada vez más.

Abandoné mi asiento y me lancé a buscar los libros y demás documentos de los que extraigo y consulto el material para las clases. Entonces, en medio de este apresuramiento, se me ocurrió consultar el reloj. Llegaban las tres.

Recogí todo el papeleo como buenamente pude, a toda velocidad. En dos segundos, salí a la calle escopetado. Pasé a toda velocidad ante el ayuntamiento y crucé la plaza concentrado en la retención de todo lo que tenía que fotocopiar, y en cuántas fotocopias tendría que hacer de cada original. Son unos trescientos metros desde el centro de estudios hasta la meta. Llegué agobiado, echando el resuello.

Consulté mi reloj. Marcaba las tres. Tenía que estar abierto.

Pero estaba cerrado.

No me lo podía creer. ¿Sería festivo? Precisamente hoy…

Volví a consultar el reloj. Y entonces caí de la burra. Pero… ¡si lo tengo por la hora de España! Era una hora menos.

Fui a comer algo, para regresar al cabo de treinta minutos. Me llevé las fotocopias directamente a casa, con objeto de sacar el coche. Cuando llegué al garaje eran aproximadamente las tres y media. Me dispuse tranquilamente a hacer el viaje.

A las cuatro en punto (esta vez sí, hora de Portugal) me había plantado en Lordelo (barrio de Guimaraes donde se encuentra la fábrica Sampedro). Subí tranquilamente la escalera de caracol al segundo piso, hasta la amplia estancia que hace las veces de aula. Desplegué mis apuntes, las fotocopias, el parte de asistencia que los alumnos deben firmar… en fin, que me acomodé como si estuviera en mi casa.

Esperé. Pero los alumnos no llegaban. Se habrían olvidado.

Oí hablar en un despacho cercano, y hasta allí me fui. Un hombre se dirigía acaloradamente a su teléfono. Esperé a que lo dejara.

-Buenas tardes. Verá. Es que soy el profesor de español, y llevo aquí esperando desde hace veinte minutos…

-Ah, sí, sí. Ya sé quién es usted. ¿Cómo? ¿Que no vienen? Voy a avisar…

Mientras no volvía, me asaltó la duda. Duda que se confirmó tras haber consultado mi horario. A las cuatro es los viernes. ¡Hoy, jueves, no tenía que estar aquí hasta las cinco!

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